Un desierto abre cielo.
Esta pobrecía promete
arena y agua
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4 de julio de 2010
2 de julio de 2010
24 de junio de 2010
10 de junio de 2010
25 de mayo de 2010
19 de mayo de 2010
Una vez me dijeron que existía un punto de flexión, un extremo terrible, de quiebre, donde las pasiones en cenit insoportable y el tiempo -o el destiempo, la desesperación- se volcaban en acciones, copulaban. Del verso al acto. De tus palabras a mi costado florido de manos, de sexos.
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Pero nosotros bien supimos caernos antes de llegar a esa bella muerte. Era como si jugáramos al viejo juego de la silla, como si nos hiciéramos bromas torpes y cuando el otro se quería sentar, cuando el otro quería acurrucarse, entonces le quitábamos la silla y caía al suelo. Siempre así, turnándonos, una vez cada uno: huídas mías para ausencias tuyas; escenitas histéricas de ella para la muerte de él, en él.
Pero nosotros bien supimos caernos antes de llegar a esa bella muerte. Era como si jugáramos al viejo juego de la silla, como si nos hiciéramos bromas torpes y cuando el otro se quería sentar, cuando el otro quería acurrucarse, entonces le quitábamos la silla y caía al suelo. Siempre así, turnándonos, una vez cada uno: huídas mías para ausencias tuyas; escenitas histéricas de ella para la muerte de él, en él.
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Nunca culminábamos en nada, prolongábamos los espacios hasta que alguno de los dos decía: basta! y entrábamos en un nuevo ciclo de sillas, de escenas vacías. En ese llanto mío. Yo. Magdalena. No por lo puta, claro.
Nunca culminábamos en nada, prolongábamos los espacios hasta que alguno de los dos decía: basta! y entrábamos en un nuevo ciclo de sillas, de escenas vacías. En ese llanto mío. Yo. Magdalena. No por lo puta, claro.
12 de mayo de 2010
adiviná qué
Llaman por teléfono y una voz grabada dice: "buenas tardes, para escuchar la propuesta marque uno"
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