7 de septiembre de 2010

1027 (y otra vez mil veintisiete) *


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juntamos piedras de la vía
esas formas que la tierra
tardó miles de años
en tallar, y un día un hombre
voló con dinamita
y esparció
por el camino, una erupción del Fuji
o del Lanín
la insistencia del mar
en cada orilla, un desierto
que cabe en una mano.

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En 1027 gestos mínimos contemplan y hacen el mundo. El universo entero cabe en el acto de recoger piedras, de levantarlas juntos. En ellas están “relatadas” las historias de la inmensidad del mar, la tierra y el hombre. Historias donde han sufrido transformaciones hasta el fragmento, hasta el desierto: talladas, voladas, esparcidas, erosionadas. Partes del fuego y agua. Movimientos donde la piedra se desnuda y su dureza parece disolverse, volverse otra.
Al levantarla se reúnen tiempos, lugares, actores y acciones diferentes. En nuestras propias manos podemos palpar la comunión de lo diverso y, a veces, de los “opuestos”: miles de años/ un día, creación /destrucción, etc. Es posible reconocer las múltiples formas de lo uno y lo ajeno, de alcanzarse en lo otro. Finalmente, sospechar que la conjugación es una sola.

Y así como en este primer poema se junta lo que otros dejaron en el camino, en el siguiente se lo sumerge en nuevas significaciones. Las piedras se depositan en el fondo de una maceta. Se las devuelve a lo subterráneo, a la oscuridad de la tierra, ahora dentro de un espacio “domesticado”. La piedra y aquella aparente dureza (que ha sufrido el movimiento del mar y la violencia de los hombres) parecen así transfiguradas, comprendidas en otro misterio “para ser semillas de otra sombra”. Se aleja de la “ruina” que antes era “y un día un hombre voló con dinamita” y se la transforma en un misterio que para ser necesita luz. En su nuevo escenario, como una extraña “reparación de daños” acompañará el nacimiento de la vida, del verde.

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olor a verano y leña esa vez en el campo
el cielo: un charco oscuro en el que tu mano
anuda pedazos de asteroide
como el lápiz
en un dibujo sin línea
después, en el patio del departamento
estaba el mismo cielo
pero más pobre: ni siquiera divisábamos el arco
de tu querido cazador, Orión
dijiste entonces que es inútil
seguir en el esfuerzo
de unir cosas, si ante la luz
más débil
empiezan a desaparecer.

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La multiplicidad ofrecida en estos poemas nos acerca a otros modos en que la mano puede aunar lo lejano y disperso “anuda pedazos de asteroides”. En estos nuevos versos somos testigos de la expansión provocada por el ojo que mira hacia arriba: el eje vertical agrega otra forma de lo suspendido y, ahora, brillante. Tierra/cielo. Cuando se recogían piedras del suelo se mencionó los miles de años que la tierra tardó en formarlas; ahora el escenario es el cielo y la distancia de aquellas piedras es de años luz. Admiración por la cercanía de lo lejano.
Así como la tierra, el fuego y el agua “crearon” la piedra, así como la piedra participa del crecimiento de las plantas en la maceta, aquí la mano, al unir asteroides dibuja, crea motivos. Esa escritura es frágil porque sabe que el cielo es el mismo y es otro a la vez. Cada vez. En una segunda observación, las luces de la ciudad no dejan ver las estrellas. De de nuevo estamos frente a esos juegos en contrapunto: la oscuridad del campo permite ver la luz natural de aquellas rocas suspendidas en la lejanía; el artificio de la ciudad, sus luces, hacen que la escritura de la mano apuntando al cielo no sea posible. Quizá, hay tiempos y lugares favorecidos en este aprendizaje de la escritura.

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todo un camino
que nuestro corazón
reconoce.

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Los gestos de las manos que unen el mundo disperso son una escritura, una escritura cósmica. La creación de formas no es algo fijo, sino más bien una insinuación, un motivo “apuntado” sobre un escenario mayor. Hay atmósferas reveladas por un olor, un ruido o detalle percibido hace tiempo. Así como la mano recorre asteroides y los dibuja, se puede escribir al caminar la memoria de los objetos “ese satén chiquito envolvió mi cuerpo/ lentejuelas que dibujan/líneas luminosas hacia el tiempo”. Nuevamente estamos ante lo remoto: es el turno de la infancia. Ahora son las luces de los objetos que nos pertenecieron las que unen, escriben y nos guían.
La memoria puede re-crear escenarios, tiempos, acciones y, claro, las distintas combinaciones de todos ellos. A veces no son más que “atmósferas”, un aire que llega hasta el presente e interroga “¿era yo la que bailaba (…)?” Existe una urgencia ante lo inasible, ante la fragilidad de las cosas que desvanecen, un esfuerzo por re-memorar “Y antes de que el fuego se coma este recuerdo”.
Sin dudas, además de participar de los sucesos (y misterios) del mundo, la poeta sabe observar. Sabe que las cosas siempre son ellas mismas y algo más. Por ejemplo, son sus constantes mudanzas. Bajo el cielo para todos, despiertos y dormidos podemos ser homenajeados por el movimiento “un hombre joven duerme/ pétalos amarillos/ le llueven sobre el jean”

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Así como el limón encierra
el diagrama del limonero
estoy acá.

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Por último, una sola conjugación y la sospecha de un mapa u ordenamiento cósmico. Dibujar versos con todo y todos. Ese trazo vital, inasible, fragmentario y total. La búsqueda de la identidad y saberse estando en el mundo. El misterio. Escritura cósmica.


(*)
Esta zambullida sólo contempla los primeros poemas de “1027″ de Eloisa Oliva. Días del delta, momentos dispersos para una autobiografía, mudanza y km 6 y medio esperan por otras lecturas.

Publicado en Bitácora de vuelo

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